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Two servants were not ready for the head of the household to return. As a result, one suffered a harsh consequence while the other a lesser one. Is that fair? Well…yes.
Imagine a toddler and his teenage brother both sitting among their family enjoying a meal. Now imagine each using his hands to eat his mashed potatoes; would our reaction be the same for each? Of course not. The toddler might get a smile and a gentle reminder to “Use your spoon, sweetie.” The teen, on the other hand, would likely get more of a wrinkled brow than a smile and a sharper rebuke like, “Hey, what are you, an animal? Use your spoon!”
The little one is still learning motor control and manners and should not be held to the same standard as his brother, who, as a teenager, has ostensibly mastered spoon-usage and at least basic table etiquette. Because when you know, you know. And once you know, you can’t un-know. The standard justly rises as we learn, and as the standard rises, so do we.
There are choices I made when I was younger that I could not imagine making today. I thought I knew what was best then, but I didn’t. With time, likely because of the natural consequences of those less-mature choices, I learned a better way. I’m grateful for a merciful God who forgave me for those choices. And, now that I know, it’s the thought of His furrowed brow and sharper rebuke that helps keep me from making those same mistakes again.
Our merciful God knows what’s in our hearts. He is fully aware of what we understand. He is merciful as we learn, and He holds us accountable to what we have come to know. Our daily call is to both trust in that mercy and step up to that knowledge. God knows the mistakes we make from misguidance or ignorance, but we will be judged more harshly for times we knowingly turn from Him.
When we are spiritual toddlers, holding our spoon in one hand while we dig into the potatoes with the other, imagine God’s loving gaze as He patiently offers gentle correction. Once we have mastered the spiritual spoon, though, He asks more of us. That is not only fair, but also just, as our loving Father encourages us to grow ever closer to Him.
Dos siervos no estaban preparados para el regreso del cabeza de familia. Como resultado, uno sufrió una consecuencia severa, mientras que el otro enfrentó una más leviana. ¿Es justo eso? Pues sí.
Imagina a un niño pequeño y a su hermano adolescente sentados con la familia disfrutando de una comida. Ahora imagina que ambos usan las manos para comerse el puré de papas; ¿sería nuestra reacción la misma para ambos? Por supuesto que no. El pequeño podría recibir una sonrisa y un recordatorio amable: “Utiliza tu cuchara, cariño”. El adolescente, en cambio, probablemente recibiría un gesto de desaprobación —el ceño fruncido— en lugar de una sonrisa, y una reprimenda más dura como: “Oye, ¿qué eres, un animal? ¡Utiliza la cuchara!”
El pequeño aún está aprendiendo a controlar sus movimientos y los buenos modales, por lo que no se le debe exigir lo mismo que a su hermano, quien, al ser adolescente, se supone que ya domina el uso de la cuchara y conoce, al menos, las normas básicas de etiqueta en la mesa. Porque cuando sabes, sabes. Y una vez que sabes, no puedes dejar de saber. El nivel de exigencia aumenta justamente a medida que aprendemos y, al elevarse ese nivel, nosotros también crecemos.
Tomé decisiones cuando era más joven que hoy no podría imaginarme tomando. Creía saber qué era lo mejor en aquel entonces, pero no era así. Con el tiempo —probablemente debido a las consecuencias naturales de aquellas decisiones inmaduras— aprendí un camino mejor. Agradezco a un Dios misericordioso que me perdonó por esas decisiones. Y ahora que lo sé, pensar en su ceño fruncido y en su reprimenda más severa es lo que me ayuda a no volver a cometer los mismos errores.
Nuestro Dios misericordioso conoce lo que hay en nuestros corazones. Él es plenamente consciente de lo que entendemos. Es misericordioso mientras aprendemos, pero nos hace responsables de aquello que hemos llegado a conocer. Nuestra llamada diaria consiste tanto en confiar en esa misericordia como en estar a la altura de ese conocimiento. Dios conoce los errores que cometemos por falta de orientación o por ignorancia, pero seremos juzgados con mayor severidad por las veces que nos apartamos de Él a sabiendas.
Cuando somos como niños pequeños en lo espiritual —sosteniendo la cuchara en una mano mientras metemos la otra en el puré— imaginemos la mirada amorosa de Dios ofreciéndonos pacientemente una corrección amable. Sin embargo, una vez que hemos dominado la “cuchara espiritual”, Él nos pide más. Eso no solamente es justo, sino también recto, ya que nuestro Padre amoroso nos anima a acercarnos cada vez más a Él.
Pamela Kavanaugh is a grateful wife, mother, and grandmother who has dedicated her professional life to Catholic education. Though she has done her very best to teach her students well in the subjects of language and religion, she knows that she has learned more than she has taught. She lives, teaches, and writes in southwest suburban Chicago.
Feature Image Credit: NHN, unsplash.com/photos/young-child-in-high-chair-with-spoon-and-bowl-pcvP9ohu-CM
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